Matteo Sorrentino, en el último Campamento Jeep, presentó algunos vehículos Jeep tradicionales para exhibirlos en el apartado tradicional y ante la prensa.

Colecciona vehículos Jeep y trabaja con uno de los talleres de modelos Jeep antiguos más conocidos de Italia.

Preguntamos a Matteo sobre sus vehículos y su pasión por la marca Jeep.

¿Cuál es el origen de tu pasión por Jeep?

Nací en 1973 y uno de los primeros Jeep que vi en televisión fue el Daisy Duke CJ, que me hizo perder la cabeza. Todo el mundo la recuerda a bordo del Jeep. Me enamoré del mundo Jeep y del sueño americano. Estaba seguro de que algún día poseería y conduciría una de esas maravillas.
¡He hecho más que eso!

¿Cuándo empezaste a coleccionar vehículos Jeep?

En 1997 uno de mis mejores amigos, Giorgio, compró un Grand Wagoner de 1987 azul. Fue amor a primera vista. Me pasé más de seis meses importunando a mi amigo Giorgio, día y noche, hasta que conseguí que me vendiera el Jeep. A partir de ese día empecé a experimentar una sensaciones que ni siquiera sabía que existían: sentía amor, deseo de libertad, al conducir, viajar y vivir la historia de un coche mítico al que ahora conozco palmo a palmo.

¿Recuerdas la primera vez que te pusiste al volante de un Jeep?

Tenía 16 años cuando conduje mi primer Jeep, un Cheeroke XJ de 1998. No recuerdo el color, pero también me enamoré de aquel Jeep. Era demasiado joven, no tenía permiso de conducción ni tampoco podía comprar un vehículo como aquel. ¡Seguía soñando!

¿Hay un modelo de Jeep específico que prefieras?

El Gran Wagoneer es absolutamente mi modelo favorito. Ese Jeep me vuelve loco y he hecho todo lo posible por conseguirlo.
Es más, creé un sitio web, grandwagoneer.it, y tengo muchos proyectos en marcha sobre ese Jeep. ¡Nos vemos pronto en Internet! El Gran Wagoneer me ha dado una sensación de calidez, de pasión, de familia, además de la posibilidad de vivir un sueño americano. Sigo sintiendo esa emoción mágica.

¿Tienes hijos?

Tengo dos, Giulia, de 16 años, y Chicco, de 14.
Les encanta un Golden Eagle Cherokee de 1979 que forma parte de mi colección. Siempre me piden que no lo venda y creo que seguiré su consejo.
Siempre viajamos en un Jeep Grand Wagoneer. Les he transmitido mi pasión y me enorgullece decir que lo saben todo de los modelos Jeep.

¿Nos contarías cómo fue que esa pasión se convirtió en tu trabajo?

Mi trabajo anterior era muy exigente, solía trabajar de 12 a 13 horas al día. Estaba estresado, trabajaba bajo presión y con muchas responsabilidades. La crisis económica me hizo reflexionar sobre mi vida y mi pasión, que con esfuerzo he convertido en mi medio de vida.
El Wagoneer me cambió la vida. La marca Jeep y todo lo que implica me han hecho feliz. Tengo multitud de ideas y proyectos que poner en práctica, y espero que atraigan a cada vez más seguidores de los modelos históricos de Jeep.

¿Tu trabajo te permite viajar mucho? ¿Cuáles son los lugares que has visitado y cuáles los que más recuerdas?

Viajo mucho para buscar modelos Grand Wagoneer, comprarlos y restaurarlos; es una parte de mi trabajo que me gusta mucho. Aunque lo más bonito y excitante es el tiempo que paso desde que salgo de viaje hasta que llego al Jeep. Me encantan esos momentos. Afortunadamente, mis expectativas se cumplen casi siempre.
Viajo mucho a los países del norte de Europa, aunque Estados Unidos es el mejor lugar para encontrar cosas interesantes. Me encanta Estados Unidos y el lugar que más me gusta es el lago Tahoe. Una vez al año paso varios días en Estados Unidos y viajo por esos lugares buscando Jeep antiguos. Es el momento del año que más disfruto.
Estoy trabajando con Miller Chip Wagonmaster. ¡Un personaje mítico! Tenemos una gran amistad y nos une el amor por el Grand Wagoneer.
Es un trabajo duro. Pero alguien tiene que hacerlo.

¿Hay alguna anécdota que nos quieras contar?

La cosa más divertida y absurda me pasó viajando con un Grand Wagoneer por una autopista de Arizona.
Recuerdo una vez, al volante de mi Grand Wagoneer por una autopista de Arizona.
Dos amigos míos, Dan y Laurent, viajaban en un Cherokee Laredo de 1984. Llevábamos todo el día conduciendo. Nos faltaban unos 80 kilómetros para llegar cuando los dos vehículos se pararon a la vez. Fue increíble. En la oscuridad de la autopista, a las dos de la mañana, nos dimos cuenta de que la gasolina contenía agua. Pasamos la noche en Arizona, a 80 kilómetros de Phoenix, en una autopista infestada de serpientes. Es algo que no se olvida.